Elegir es Crear

Texto para la exposición Homo Sapiens de Dis Berlin en el Centro Tomás y Valiente, CEART de Fuenlabrada. Comisariada por Carlos Delgado Mayordomo y José Luis Serzo

 

ELEGIR ES CREAR

Bajo el lucernario pictórico de Dis Berlín

Por José Luis Serzo

La divinidad asesinada no se olvida jamás, aunque puedan olvidarse algunos detalles de su mito. Menos aún se puede olvidar que es después de su muerte cuando se hace indispensable para los humanos. (…)

La morfología de estas divinidades es extremadamente rica y sus mitos son numerosos. Sin embargo, hay algunas notas comunes que son esenciales: estas divinidades no son cosmogónicas; han aparecido sobre la Tierra después de la creación y no han permanecido en ella mucho tiempo; asesinadas por los hombres, no fueron vengadas y no han guardado siquiera rencor a los asesinos; por el contrario, les han mostrado cómo sacar provecho a su muerte. (...)

Realidad y Mito. Mircea Eliade

 

Dis Berín desempeña el papel del artista-demiurgo que (re)crea con total voluntad, ambición y perseverancia, una cosmogonía propia, visionaria, caleidoscópica, atemporal, citacionista, pop, intimista, vanguardista, algo psicodélica y metafísica. Excéntrico Dis Berlín, daimónico y esquinado para ser fiel a un mundo propio en continua luminiscencia,es al tiempo una pieza clave y esencial para entender el arte español de las últimas décadas. Cuando pienso en cuál es el mejor modo de presentar o representar su figura, me viene a la mente aquel grabado de Grandville, donde un personaje-sol juega felizmente a hacer malabares con unos planetas sobre su cabeza, mientras un pequeño espectador es iluminado, sublimado incluso, por la inexplicable maravilla que tiene ante sí.

El texto de Eliade con el que he decidido abrir esta pequeña introducción, podría extrapolarlo para definir lo que nuestro autor ha venido configurando a lo largo de toda su prolífica trayectoria. Tan sólo tendríamos que interpretar divinidad como toda la amplia iconografía que nuestro autor maneja, llevada a cabo por medio de una disciplina coleccionista, fetichista incluso, con la que configura un apabullante archivo desde principios de los 80, y que podría augurar, a día de hoy, su gran “obra maestra” el día que salga a la luz.

Hagamos entonces una relectura del texto de Eliade, como decimos, tomémoslo prestado y manipulado para esta presentación: Dis Berlín no olvidó la divinidad tras ser asesinada, de hecho parece recordar lo que otros olvidaron; la morfología de sus divinidades también son extremadamente ricas, y sus mitos son numerosos. Tampoco son “cosmogónicas”, pues aparecieron muchas en la “Tierra” -o bien en su mesa de disección, su estudio-atanor o su caballete, sacados antes, eso sí, de su apabullante archivo-, para someterlas posteriormente a una re-creación e insertarlas en una nueva y personal mitología. Él mismo afirmó de modo muy ilustrativo para el tema que nos ocupa: Mi interés va siempre por el lado de lo hermético, de lo enigmático, del misterio con que puede cargarse algo que en otro momento fue de una naturaleza mucho más mundana;... me gusta lo que la gente no mira ya.

Dis Berlín es un gran coleccionista de imágenes, como bien sabemos muchos, pero sobretodo es buen mirador (observador activo). Y es que quizá sea ésta la mayor virtud de nuestro artista: su exquisita y personal mirada incandescente, transmutadora, clarividente, ensimismada, un tanto melancólica y de una intransferible poética; gracias a ella transforma cualquier icono olvidado, objeto en desuso, figura anónima o arquetípica, cualquier paisaje o estancia anodina, en algo tremendamente magnético y por lo tanto dis-berlinesco. Su personal mirada se encuentra en una suerte de limbo conceptual inaccesible para la catalogación racional, por muy claras que sus influenciasparezcan evidenciarse en él.

Su obra podría entenderse como un “catedrálico” collage en continuo crecimiento, un gigante fotomontaje filtrado por un tamiz totalmente reconocible y personal.

Elegir es crear, en palabras del propio Dis Berlín, afirmación–decreto y por lo tanto propósito, que mejor puede resumir la virtud de Dis Berlín, también punto de partida para descifrar las claves de su ecléctico y personal trabajo; da igual todo lo que toma prestado de una iconografía popular en desuso, olvidada por muchos, pues su mirada, su elección, es capaz de encender en ellas una nueva e inimitable simbología.

El mundo disberlinesco parece orbitar en una realidad paralela; todo lo que ahí sucede cristaliza una danza en pro de una nueva y esperanzadora belleza; encontramos ecos, deseos y obsesiones de un hombre moderno, humanista, exquisito y un tanto sibarita. Su estilo nunca llega a ser “retro”, ni “vintage”, tampoco anacrónico, aunque los gustos de nuestro artista tengan predilección por rescatar ciertas referencias y tendencias artísticas del pasado siglo XX. De hecho, en su trabajo ciertos preceptos de las vanguardias son reactivados en una nueva dimensión de significado vivificante, donde la apariencia kitsch de algunos, es equilibrada por un oficio pictórico de una profundidad y sensibilidad superior.

Detengámonos en una obra como La bella y la bestia (figura x). En ella vemos a una mujer desnuda tumbada, de modo ensimismado, sobre un león que camina sobre un paisaje de tonos rosados, propio de las atmósferas disberlinescas, en las cuales, en su mayor parte, resulta imposible adivinar una hora exacta ni estación concreta, como si cristalizaran un sueño o nos hablaran de otro planeta. Esta imagen, a mi entender, es absolutamente inquietante; sobre todo conociendo su consciencia creadora; podría afirmar por ello mismo que en una imagen tan bucólica y aparentemente dulce, subyace una intención provocadora, resultado de una fina ironía asimilada a lo largo de toda su trayectoria.

Más allá del juego de arquetipos que estas dos figuras puedan representar, no podemos esquivar el modo en el que están representadas las mismas. Al igual que otras muchas, el estilo algo naif de esta pintura puede acercarse incluso a una imagen de tintes orientales, hinduistas quizá, configurando de nuevo un emblema de connotaciones no solo literarias, sino más bien legendarias y mitológicas, que seguramente parten de una idea o experiencia personal del autor. ¿Por qué sigo pensando con todo ello que estamos ante una imagen provocadora cuando lo que tenemos enfrente es una escena que más bien entendemos por todo lo contrario? Pues porque no es una provocación fácil. Dentro de su cándida apariencia se esconde una doble lectura, tal ycomo pudiera entenderse de muchas de las pinturas de un De Chirico en su época clásica. Y es que Dis Berlín debe mucho no sólo a la etapa metafísica del pintor griego, sino también a su posterior etapa, la discutida y polémica propuesta contra-revolucionaria y anti-moderna con la que reaccionó y respondió a toda la vanguardia de la que él mismo fue pionero. Es lógico por lo tanto suponer, que conociendo la admiración que Dis Berlín profesa a este polémico autor, padre de la metafísica y posterior partícipe de “la revelación de la gran pintura”, una obra como La bella y la bestia, requiere una lectura audaz, pausada y profunda. Ante la apariencia atractiva y dulce de su rico universo, Dis Berlín exige una actitud no sólo abierta, sino también mínimamente cultivada para degustar el misterio y la simbología con la que está construida cualquiera de sus obras.

Entendemos por lo tanto que Dis Berlín medita concienzudamente sus imágenes, no estamos ante un pintor de acción e intuición dinámica, sino ante un pintor “pensador”, de una fina intuición y una apabullante imaginación. Su oficio es algo religioso. Solo hay que acercarse a sus cuadros de cerca para caer en la cuenta de ello. Sus pinturas son confeccionadas a fuego lento, como un dedicado artesano que con total respeto y oficio urde humildemente la representación de su divinidad.

Salvando las distancias, Dis Berlín custodia un espíritu similar ante el oficio de la pintura; las pieles de sus cuadros se conforman por diversas capas que aplica cuidadosamente en formatos y soportes muy pensados y trabajados. Estas capas, generan a su vez, de un modo indisoluble, varias capas de interpretación, entendimiento y por lo tanto, de emoción. Pinta de este modo no sólo con el propósito de preservar su conservación, delatando y cuidando la trascendencia futura de cada obra, sino que llega a retar así, a su propia muerte. Por otro lado, la elaboración parsimoniosa de cada obra otorga a las mismas un aura determinante, una vibración tamizada, configurando así una enorme Llama Pétrea, que solidifica la esencia más luminosa de su imaginario interior. Es así como ante sus cuadros, uno puede darse cuenta de aquella experiencia que la buena pintura puede brindar todavía en nuestros días.

Dis Berlín: es el nombre de un daimon moderno y esquivo. Cataliza y se canaliza, desde y a través de un escogido ramo de multitud de disciplinas. Su inquietud y capacidad creadora se expanden no solo a través de pinturas, dibujos, collages, fotomontajes, sino también a través de la tercera dimensión, utilizando objetos, esculturas y maravillosas instalaciones, que prolongan sin límites su fértil universo.

Su ecléctico estilo y variado imaginario, el cual oscila entre la fotografía o pintura figurativa a la forma más geométrica y abstracta, siempre rezuma resortes literarios, evocaciones musicales, guiños cinematográficos y una poesía melancólica pero esperanzadora, propio de un creador de ectoplasmas electrificados, encendidos, radiantes y vivificantes.

Su amplia cultura le permite adoptar en ocasiones el papel de un depurado retro-futurista, reinventando nuevos “circuitos” dadaístas, que mucho le deben a su admirado Picabia. Se divierte paseando, con unos pies siempre bien calzados, por la cuerda floja de una pintura espiritual, y poética existencial.

Dis Berlín es un soñador despierto. Un coleccionista de imágenes de otro tiempo y objetos de lo más dispar. Es, como decíamos y él mismo dijo, un viajero inmóvil declarado, un alquimista de imágenes bajo un enorme lucernario donde proyecta, crea, y conecta (con) su propio universo.

Su figura entronca con una extensa familia de artistas y pintores “raros”. Y con raros me refiero a aquellos artistas que supieron esquivar los gustos hegemónicos de su momento y aportaron, una voz personal de resistencia tangencial a través del arte. Dis Berlín es un artista totalmente heterodoxo por lo tanto, bizarro en sus dos grandes acepciones. Amante del hallazgo y descubrimiento de autores y pintores olvidados, excéntricos, marginales o malditos. Él mismo afirmó en una de las entrevistas imprescindibles para entender su imaginario: Me apasiona descubrir pintores interesantes, pintores que no encuentro en los grandes museos, que no han pasado de museos de provincia de cualquier ciudad de Europa. Con frecuencia sus monografías duermen en las baldas de las librerías de viejo a la espera de ser redescubiertas. Puede sentirse orgulloso de haberse ganado un lugar privilegiado dentro de esa constelación que él mismo admira, construye y descubre día a día. Ahí ya podemos encontrarle junto a Gustave Courbet, Olidon Redon, De Chirico, Rousseau, Paul Klee, Maruja Mallo, Otto Dix, Balthus, Lindner, Adrew Weith, Francis Bacon, Peter Blake, John Currin o nuestros Solana, Josep Maria Sert, Perez Villalta, Sergio Sanz, González Sainz o Luis Vigil.

Dis Berlín es por lo tanto, un creador, un coleccionista, un arqueólogo de iconos, imágenes y artistas que, por suerte o desgracia, quedaron, muchos de ellos, sedimentados por el tiempo. Quizá nuestro autor se vea en parte reflejado en aquellos autores que desarrollaron su trabajo en los márgenes de las líneas predominantes. Por ello mismo disfruta buceando y descubriendo aquellas otras historias ocultas donde poder multiplicar y exacerbar su pasión oteadora, explorando lugares en la sombra donde puede producirse el milagro de la sorpresa, la sublimación del propio descubrimiento.

 

 

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