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Llegada a Villa Familasia

Óleo sobre lienzo

81 x 60 cm

2007

Colección privada

Aterrizamos; Amelia salió de la casa para darnos una efusiva bienvenida y Serena dejó de jugar en el jardín para abalanzarse sobre Beatrice como una monita alocada… Mientras tanto, andaba yo algo preocupado por el equipaje y por Santo, pues le perdí de vista hacía rato. Pero ahí estaba, agazapado entre las tripas del sillón trasero del coche, que bien se encargó de sacar con sus afiladas “uñitas” durante el viaje. La Casa era rocambolesca, orgánica y algo más que extraordinaria. Construida en el acantilado, entre grandes y diversos árboles que la protegían de los cuatro vientos y aseguraban con sus raíces los cimientos. La morada había tenido un crecimiento paulatino, como los propios miembros de la familia, y según las necesidades de cada momento. ¿Un collage o un puzzle? En todo caso una casa acogedora, bella y sumamente auténtica. Su interior era mucho más grande que su exterior, con infinitas estancias polivalentes, miradores espectaculares, sitios de lectura, de encuentro, acogedoras habitaciones y quiméricas zonas de trabajo…un milagro arquitectónico para una familia sin igual. La verdad, es que no podría ser de otro modo.

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