Psiconautas. Trans-visiones del espacio interior

PSICONAUTAS

(Trans-visiones del espacio interior)

POR BLINKY R. RODRÍGUEZ

 

CON JORGE VICEN, REIFAH, ARTURO PRINS, MIGUEL ÁNGEL G.GRANADO Y JUAN LUIS CERRAJERO

 

“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es el que existe ya aquí. El inferno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y formar parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos, buscar y saber reconocer qué y quien, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio”.

Dialogo entre Marco Polo y Kublai Kan en “Las Ciudades Invisibles”. Ítalo Calvino.

 

(…) Al llegar a casa tras aquel largo viaje, me metí bajo las sabanas de mi añorada cama unas 12 horas del tirón. Cuando desperté, fui a la cocina como un zombi y sumergí la cabeza bajo el grifo. Al beber el agua fría que bajaba por mi mejilla, me vino a la mente aquella fuente congelada de Vancouver. En aquel instante dudé de si mi extraño viaje fue soñado o vivido. Angustiado con esta idea me apresuré a buscar mi maleta. Hurgué entre mis ropas sucias y comprobé aliviado que ahí estaban los tesoros de mi periplo; aquellas cinco ventanas seguían mostrando vibrantes mundos que jamás imaginados. Seguro de que aquellas piezas funcionaban cual semillas provenientes de un inconmensurable espacio interior, que prometían un misterioso despertar. Me sorprendí con una sonrisa al recordar con emoción a sus artífices, feliz por haber encontrado nuevos ejemplares de lo que llamo “las piezas sobrantes de este puzle-sistema”. Encontrar a gente tan extraordinaria y auténtica incluso en los más recónditos lugares, otorga un nuevo sentido a cualquier viaje vital. Sin duda este tipo de encuentros alimentan mi esperanza. Reafirman la viabilidad de una posición de emboscadura y resistencia hacia un posible cambio de sistema y nuevo paradigma.

Reifah. El científico salvaje. Escenas de otra realidad viva y radiante.

No sé por qué ni cuando decidí darme estas últimas vacaciones imprevistas. El único plan que sigo es el que marca el azar (o la intuición). Giro mi pequeño globo terráqueo, después de unas cuantas vueltas dejo que el índice elija sin mirar el destino. Algunos de mis compañeros de trabajo dicen que mi vida sigue un juego absurdo temerosos de que me haya vuelto loco. Me gusta pensar que disfruto de un estilo de vida neodadá en busca de lo auténtico y sorprendente.

El país que señaló mi dedo era impronunciable, pero sin dudarlo me resolví para encontrar el modo de llegar hasta allí: dos aviones desesperantes, dos trenes magullados y cuatro buses raídos.

Justo antes de sacar los billetes, recibí una llamada repentina de mi amigo Rei fah.

-¡¡Blinky!!, ¡tengo algo entre manos que te va a encantar!, encontré el modo de pintar con la luz de las luciérnagas! sé que te pilla lejos mi morada, ¡pero alguna vez tendrás que venir a ver esto!-

Rei fah era uno de mis amigos más particulares. Llevaba años trabajando en pro de una autonomía total. Era uno de los tipos más felices e independiente que había conocido. Su culo inquieto le había llevado por lugares de medio mundo. Pero lo que realmente me sorprendió fue verlo sobrevivir en el interior de una roca manchega durante unos 8 años. Tras esta proeza, pareció encontrar su sitio en uno de los lugares del mundo más propicios para la permacultura: la frondosa e inaccesible isla de El Hierro. En ella mi amigo disfrutaba de la vida de un modo más directo, si cabe, mientras seguía estudiando física cuántica y pintando esas cosas tan raras.

-Pues mira Reifah, ¿sabes qué te digo? que me voy a verte, pero luego continuaré mi camino. Pasaré unos días contigo en el fin del mundo para que me presentes a tus luciérnagas- le contesté en un brote de “generosidad” para darle una alegría al eremita.

Llegué a su isla. La naturaleza se presentó a mis sentidos de un modo abrumador. Pensé que era como Darwin bajo la descripción que hace Patrick Harpur , en su “El fuego secreto de los filósofos”. Aquella fuerte manifestación de la madre tierra estuvo a punto de hacerme vomitar por un momento, como reacción del tóxico urbanita que llevaba desde hacía años.

Reifah me abrazó con la fuerza de un hombre salvaje, estaba algo más flaco pero fuerte; con la piel curtida y un olor a tierra húmeda. Pronto se metió con mi tez blanquecina,-¿Seguro que sólo te da la luz catódica verdad?, ¡pareces una planta seca amigo! ¡Verás que bien te sienta esto, vas a respirar y a comer como en tu vida!, ¡lo que sale del huerto levanta a un muerto!

Tras enseñarme su utopía en aquella maravillosa isla, descubrí al fin el sitio donde pintaba. Confesaré que la mirada estaban a punto de no soportar tantos registros… creí incluso que un síndrome sthendeliano llegaba de frente, pero tras esquivarlo no sé cómo, por primera vez supe apreciar el trabajo que Reifah hacía con tesón durante tantos años en la sombra del pleno sol.

No era solamente la madurez de su estilo lo que me sorprendió (sin duda algo ya consolidado por los años de experiencia), sino porque sus obras parecían salidas de otra dimensión, parecían radiografías proyectadas por una psique no humana. Se expandían más allá del marco que las contenían. ¿Acaso eran visiones de paisajes extraterrestres? ¿O bien ventanas que mostraban una otredad donde cada piel contenía un significado molecular incomprensible? Primaban las tablas de pequeño formato, en ellas un ritmo conjugaba magistralmente el esfuerzo y la fluidez configurando sorprendentes y misteriosas imágenes. Parecía que todos sus defectos se convirtieron en virtud. Su gran capacidad para la investigación continua y la expansión del conocimiento, daban sus frutos en aquella obra llena de un gozo enigmático. Y es que nadie podía pintar de ese modo, su sello era ya inconfundible, una sensibilidad y una visión ultra-sensorial se unían en aquellos óleos de un modo sumamente auténtico y sorprendente.

Arturo Prins. El pintor de sueños. Visualizaciones de una dimensión más elevada

Tras pasar unos gozosos días llenos de vida con Reifah, cogí el siguiente vuelo hacia mi otro impronunciable destino. Tras unas horas sobre las nubes, en uno de mis paseos sorprendí a uno de los azafatos leyendo un libro muy desgastado que se titulaba “Tratado sobre el fuego cósmico”. Al ver mi cara de asombro me preguntó:-¿conoces este libro?

-Em…la verdad es que no- respondí.

-¿Te interesa la metafísica? –. Volvió a preguntarme.

- Bueno, la verdad es que no sé mucho del asunto, me suelen interesar las cosas que rompan lo establecido y al tiempo se arriesguen a elucubrar posibles pistas de este juego existencial- respondí atolondrado, demasiado trascendental para las horas dormidas.

- Este libro lo he leído ya unas 15 veces, y en cada una de ellas aprendo algo nuevo. A mí me sirve de inspiración para mi obra, trabajo a partir de visualizaciones interiores, selecciono las que creo que conectan con estados de una vibración superior.

- ¡Nada menos!,¿y qué tipo de obra haces?

- Bueno, pues aunque también me interesa el mundo del cine, el trabajo del que te hablo pertenece al mundo de la pintura. Lo de tripulante de vuelo es para ganarme la vida en las alturas – respondió riendo-, y a la par es un trabajo que me deja tiempo para pintar, que es lo que verdaderamente me alimenta el alma.

-Interesante, ¿y donde se puede ver tu trabajo?-

Buscó en uno de sus bolsillos y me dio una bonita tarjeta donde aparecía su web: www.arturoprins.com. Seguimos brevemente la conversación y volví a mi asiento hasta el aterrizaje.

No tardé en encontrarme con este inquieto personaje a mitad de camino. Arturo irrumpió saliendo de una habitación de un hotel impersonal de Lorenca. Se le veía tan inmerso en su conversación telefónica que parecía haberse olvidado que estaba en calzoncillos en mitad del pasillo. Llevaba un trapo sucio y las manos manchadas de pintura. Cuando colgó nos saludamos efusivamente y me invitó a ver lo que estaba pintado en su habitación. Me quedé boquiabierto al ver el estudio provisional que se había montado. Por lo visto este era su modo de proceder para compaginar ambos trabajos. Tenía tan sólo tres días para acabar las tres pinturas en marcha antes de subirse al avión de vuelta. No sólo se necesitaba mucho secativo de cobalto para acelerar el secado y el acabado de esas pinturas, sino una capacidad creativa y resolutiva muy alta. Aprovechaba cualquier tiempo libre para poder plasmar aquel universo tan personal e intuitivo que se advertía en aquellos pequeños lienzos. Al principio me despistó el estilo tan diverso que había entre aquellas tres pinturas. En las siguientes conversaciones que tuve con Arturo, él mismo me advirtió que su estilo era “no tener estilo”, buscaba sorprenderse a sí mismo en cada obra; trabajaba un eclecticismo consciente incluso en detrimento de su comercialización. Supuse, por lo tanto, las dificultades que un espíritu creativo tan libre podía encontrar con un gremio como el galerístico, que suele buscar artistas de un sello de identidad mucho más claro para su comercialización. Para mí, este “defecto” de Arturo, sin duda, era una de sus mayores virtudes.

Cuando me zambullí desde mi habitación en su web, estuve largas horas disfrutando su inmenso universo. Me sorprendió gratamente la riqueza y delicadeza de los símbolos que utilizaba, siempre con una libertad gozosa, luminiscente y curiosa, llenos de un espíritu vivificante, solar y liberador.

Juan Luis Cerrajero. Dibujos del subconsciente

En mi siguiente avión me senté al lado de un tipo corpulento que parecía un actor salido de una peli antigua. Parecía majo, pero tenía pinta de no gustarle los aviones demasiado, como a mí. Estaba algo inquieto, intentando concentrarse inútilmente en un libro que tenía entre manos como si se tratase de un objeto anti-estrés, a medio camino entre un corazoncito de esos que se estrujan y un rosario.

En el momento del despegue se puso tan nervoso que creí que aquel libro iba a desintegrarse entre sus grandes manos. Intenté sacarlo de su acojone compartiendo el mío: – ¿cómo es posible que nos dé tanto miedo volar a algunos terrícolas que tenemos la cabeza en las nubes todo el día? ¿No te parece?, ¿por cierto qué libro es ese que tienes secuestrado?- Me arriesgué a decirle.

-Jajajaja, pues es el último libro de Fernando Castro, titulado “Mierda y catástrofe”, me gusta leer libros sobre arte y estética. ¿También te da miedo volar?- me preguntó intentando disimular su nervios.

- Pues la verdad es que no me gusta un pimiento subirme a un bicharraco de estos, para qué te voy a engañar; pero si me dejo comer por el miedo ¡ estoy perdido! – respondí con una sonrisa. Por un minuto me imaginé la rocambolesca escena en la cual ese tipo majo llegaba a perder el control. Me entró la risa al imaginar a alguien de su envergadura en algún modo “ACTION”; seguro que levantaba por los aires a todo aquel que intentara sentarlo en su sitio.

Pasado el trance del despegue, el avión apagó las luces para adentrarse en la noche mientras cruzábamos el océano.

Intenté dormir. Pasaron unas horas, y advertí que mi compañero había sacado un cuaderno de dibujo. Dibujaba medio dormido. Pero lo que salía de su pluma parecía muy interesante. Al poco terminó durmiéndose también; dejó a mi alcance la libreta y no pude controlar mi impulso para cotillearla fugazmente. Al abrirla sentí un vértigo abismal, una caída libre que me adentraba en el universo de esos trazos.

Parecían dibujos de un loco, pero evidentemente estaban hechos por alguien que no lo era a simple vista. -Ahora entiendo esos brotes de ansiedad suyos-, me dije, tras de ellos suele encontrarse la imperiosa necesidad de control. Entendí que por medio de estos dibujos su autor podría estar equilibrando una hipersensibilidad que en esta sociedad resulta, casi siempre, problemática. Sus dibujos eran brutales y delicados al tiempo. Parecían hechos en un estado de duermevela. Pero todos ellos delataban una capacidad compositiva de grado superior. No había puntada sin hilo en esa dimensión en la cual trabajaba. Parecía dibujar bajo un automatismo compuesto por cantidad de teclas que activaban significados y ecos del y para el subconsciente. Sus líneas delataban estados del alma, sus trazos parecían conscientes de ser las venas de una estructura simbólica fuera de juicios de valor.

Cuando despertó, me sentí conmovido por su mirada, tan transparente y humana.

Supe que más allá de mi admiración hacia su trabajo, me encontraba ante un tipo que podría ser un buen amigo.

Jorge Vicen. El chamán. La pintura como acto catártico y purificador.

¡Vete de aquí y no vuelvas más!- gritó en español un joven que echaba de su casa a un señor vestido de esmoquin en mitad de una calle a las afueras de Vancouver. Seguidamente tuve que esquivar un maletín que salió disparado por su puerta.

- ¡Disculpa!, ¿te he dado?- me preguntó preocupado y de nuevo en español.

-No, no, tranquilo, todo bien, no te preocupes, -le contesté mientras me incorporaba de nuevo. – perdona mi indiscreción ¿algún chupasangres?

-Exactamente, ¿cómo lo has adivinado?, Era un buitre trajeado que pretende tomar el pelo a la gente, por cierto ¡eres español! ¡qué casualidad! ¿Qué es lo que te trae por aquí?

-Bueno, la verdad es que nada en concreto, estoy de paso, me dirijo a un destino azaroso que me he marcado sin ninguna causa más allá de la propia experiencia que me brinde el viaje.

-Pues encantado, mi nombre es Jorge, te invito a tomar un café caliente en mi casa, hace demasiado frio hoy y tienes pinta de estar helado.

Acepté ese café caliente después de presentarme, ya que mis pies se habían convertido en una suerte de tacos de madera congelada y mi cuerpo todavía no se había acostumbrado al clima del lugar. Además, este tipo tenia pinta de depararme una sorpresa.

Su casa tenía un aspecto cálido pero algo desordenado, algunas paredes estaban pintadas de colores vivos, había detalles y algunos juguetes de madera artesanales. Un par de paredes estaban alicatadas por un mosaico ordenado de pequeños cuadros del mismo formato. De nuevo mi visión se quedó fascinada al ver lo que ellos contenían. Recibí otra suerte de puñetazo que desequilibró mi estructura perceptiva. Un aluvión de energía pictórica calló sobre mis ojos. ¿Pero qué clase de imán me habré puesto en este viaje?, me pregunté algo mosqueado.

- ¿Y… de dónde eres Jorge? ¿Esto lo pintas tú?- pregunté.

-Soy de Huesca, pero estoy aquí casi por casualidad. Y sí, esto es lo que yo hago desde siempre, ahora para entrar en calor en una ciudad tan fría.

-Pues me parecen una maravilla.

-¿Ah sí?, ¡pues gracias!, creo que pocos piensan como tú; no sé, no me hagas caso; es que no vendo casi nada y mi novia ya se cansa de verme acumular tanto cuadro. La verdad es que no se me da bien seguir el juego de venta y esas cosas.

-Bueno, eso pasa mucho, tendrías que ver el trabajo que he descubierto en este mismo viaje. A mí estos cuadros me parecen una suerte de pasteles de pintura deliciosos, difícil de resistirse a ellos, ¡si puedo te compro uno! Seguramente no has dado todavía con el galerista adecuado.

Jorge utilizaba la pintura de un modo generoso, fresco y salvaje. En alguna de sus obras también se distinguía una capa de un significado más obscuro, incluso un punto de dureza y desgarro. Algunas retrataban monstruos imaginarios, muy coloristas y expresivos. Configuraban quizá la cristalización de un sentimiento traumático. Otras podrían estar lanzando un grito desesperado en busca de un significado mayor. Muchas de ellas retenían pequeños universos y constelaciones multicolores. A modo de posibles alegorías felices a la creación del cosmos. Se tornaban cual miradas entusiastas en busca de una correspondencia divina.

-Pinto para encontrar una paz interna- Afirmó de modo rotundo. La terrible verdad de esta frase atravesó mi médula espinal. En ese momento aquellas pinturas encendieron una luz más intensa; bien diferente.

Miguel Ángel González Granado. Fragmentos pictóricos de un infinito proliferante.

Por fin llegué a mi destino, parecía un pueblo bonito, aunque desolado a esas horas. Dejé mi maleta en el hostal y me dispuse a encontrar alguna cafetería abierta.

Encontré una que en ese momento encendía sus luces. Un camarero muy amable me sirvió un café caliente. No pude evitar entablar una conversación con él, aun sabiendo que a esas horas el sueño era mayor que las ganas de hacer amigos. Pero me encontraba tan entusiasmado con mi colección de encuentros, que no quería dejar de compartir ese sentimiento vivificante.

Cuando le hable de aquellos pintores, el camarero me habló de un pintor español introvertido que rondaba por aquel bar para otear su correo y tomarse un café. Me comentaba que llevaba años allí, buscaba un sito para empezar de cero y dedicarse plenamente a la pintura. Por lo que él sabía llevaba años sin exponer. Tenía el estudio justo enfrente. Y muy poca gente entraba a ver lo que pintaba. Decidí esperar incluso un par de horas hasta que llegó el pintor español. Me presenté, y aunque al principio se mostró algo desconfiado, poco a poco se tornó muy amable y entrañable. Me sentí privilegiado cuando invitó a ver su estudio, parecía reservar esa invitación para los amantes de la pintura. Cuando encendió la luz del mismo, de nuevo estuve a punto de llevarme las manos a la cabeza ¡o a los ojos! Para protegerme del fuerte aluvión de colores vibrantes y nuevas formas que aparecieron de sopetón. Maldito síndrome sthendeliano que parecía llevar de compañero de viaje. Y es que de nuevo una magnífica cascada de vida volvía a traducirse a través de la pintura. Un particular universo creativo parecía canalizar fragmentos de una realidad paralela repleta de formas desconocidas, matices, ritmos y texturas. Era un canto a la pintura con mayúsculas. El oficio que transpiraban esas tablas transmitía un conocimiento y un amor profundo por los recovecos más singulares de la historia del arte. En su silencio Miguel Ángel parecía dar pie a todo lo que su pintura sabía transmitir. Pero nuestra conversación también fue rica en citas y alusiones a la historia del arte, sin duda estaba ante un erudito del tema. Mientras tanto, aquellas fascinantes pinturas parecían acompañarnos con sinfonías nunca antes escuchadas, y de algún modo, equilibraban la vibración de un mismo espíritu compartido.

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