Eslabones de una infinita cadena de luz

Texto publicado en la revista “Intrusos, artistas que escriben”, EÑE, revista para leer. nº4, Invierno 2005. ed. La Fábrica.

 

ESLABONES DE UNA INFINITA CADENA DE LUZ

Por José Luis Serzo

Mi nombre es Ernst Loos, y vengo a presentarles una reducida selección de testimonios pertenecientes a un proyecto que llevo desarrollando durante cerca de cuarenta años, titulado “Eslabones de una infinita cadena de luz”.

Comencé este trabajo cuando llevaba unos cinco años como corresponsal de guerra en uno de los periódicos más prestigiosos de Austria. La extrema sensibilidad que esta ocupación despertó en mí ante los problemas de la humanidad hizo que buscara un equilibrio necesario por otro lado. Es así como decidí emprender un trabajo paralelo de recopilación de testimonios y experiencias que sirvieran de contrapunto a toda la oscuridad que llevaba experimentando como corresponsal. Gente de todo el mundo narró sus mejores vivencias llenas de esperanza y sabiduría, iluminando, nutriendo y configurando lo que todavía hoy es un trabajo en continuo crecimiento y expansión.

Estas declaraciones que introduzco a continuación conforman una milésima parte de lo recopilado hasta el momento. Cuando empezaba a creer lo contrario, redescubrí que el mundo está lleno de luces que impiden la total oscuridad, que en todas las situaciones, incluso en las más dramáticas, sucede el milagro. Espero que lo disfruten.

Me dirigía a Estados Unidos para cubrir las últimas noticias sobre las manifestaciones en contra de la guerra de Vietnam, pero antes algo me movió a visitar Kolderup. Alaska es un país que siempre imaginé lleno de oxígeno y gente serena. En cuanto llegué, mi cuerpo empezó a sentir el frío desde la punta de los pies hasta los pelos de mi cabeza. Lo primero que busqué fue algún lugar donde tomar un café caliente. Entré en una taberna llamada “El Alce”. Al acercarme a la barra me topé con una cabeza de alce disecada que servía de perchero. Era un sitio acogedor. El camarero apenas se dio cuenta de mi presencia, pues permanecía atento, junto a otros tres hombres, al relato de un vivaracho muchacho pecoso. Por suerte, no sonaba música en el local y lo único que se oía era la voz entusiasmada del chico. Busqué con sigilo mi grabadora, pulsé “rec” y susurré fecha, hora y lugar, “pause”. El camarero aprovechó el fin de la aventura para servirme el esperado café. Volvió enseguida junto al resto y supe que empezaría una nueva historia. De nuevo “pause”. Me acomodé en aquella silla de roble y cerré los ojos para agudizar mis oídos. Roy empezó a asomarse en mi mente.

Pues sí, mi tío Roy era un tipo bastante raro.

Qué os voy a contar; tenía tanta energía el tío, que en ocasiones encendía bombillas con sus manos, ¡sin cables y sin enchufes! Sí, sí, vamos a ver… Era el típico tío que iba pegando calambrazos y chispazos a diestro y siniestro. Que si con las puertas, los coches, las llaves... Con los electrodomésticos era la risa, y con la gente no os digo… en los ascensores se montaba un baile de fin de fiesta; ¡tuvo que dejar de subir en ellos, porque aquello era un cachondeo! Venga chispazos a tutiplén, y todos con el “¡ay!”, y el “uf!” Y la mayoría salían con el susto metido en el cuerpo; porque no era sólo el latigazo o calambrazo en sí, sino que se veían chispas, rayitos y todo… ¡Era alucinante!

Yo estuve en tres o cuatro ocasiones de éstas y fue la risa; yo, como ya estaba acostumbrado a los chispazos, pues hasta me daban gustito y todo… Pero se producían todo tipo de sensaciones y reacciones en el personal: risas, sustos, enfados, espasmos, silencios incómodos, gruñidos, ¡incluso orgasmos!

Mi tío Roy era un tío grande; no sólo por lo que hacía, sino porque medía un metro noventa y pesaba ciento y pico kilos. Vamos, un armario. Pero no daba miedo, tenía una cara de bonachón que enternecía al más malo de la película. Y es que lo era, era un hombre bueno bueno, incapaz de espantar una mosca. Sí, sí, muy manso y paciente. ¡Qué bueno era!

Vivía solo en su cabaña del bosque, cerca del lago, a quince minutos del pueblo en coche. Él tenía una ranchera, y podía arrancarla sin llaves, creedme, pero por el qué dirán y por no llamar demasiado la atención, pues prefería tirar de las llaves… ¡Ya ves! ¡Será que no llamaba la atención ya de por sí, con todo lo grande que era y los chispazos que metía!

Pero lo mejor de mi tío Roy todavía no os lo he contado…

El caso es que tenía la extraña de manía en coleccionar toda clase de bombillas y aparatos luminosos… de todos los colores y tamaños. Y para conseguir todas las bombillas de su interés, había desarrollado la increíble capacidad de trepar por todo tipo de muros y postes de luz. ¡Si hubiérais visto su barriga, no os lo habríais podido creer! Yo creo que su secreto estaba en que nunca se paró a pensar que eso pudiera ser un impedimento para conseguir la luz que le faltaba a su colección.

Por eso, en algunos círculos, se le conocía como “El cazador de luces”.

Menudo tipo mi tío Roy.

Pronto estaría en Vietnam. Mi avión salía en un par de horas. Me encontraba en el aeropuerto de Bombay, donde hacía escala el vuelo. Me senté a leer el periódico enfrente de las enormes cristaleras por las que se veía despegar los aviones. Lo cierto es que no lograba disfrutar de la vista cuando dejaba de leer, porque un hombrecillo de pelo rojo y algo cabezón se puso delante de mi vista. Se había descalzado. Llevaba una camisa de rayas azules, tirantes negros y un pantalón de pana color burdeos. Su mirada delataba un profundo vuelo imaginario. Estaba seguro de que aquel individuo tenía alguna buena historia que contarme.

Notó que le observaba discretamente, y marcó una agradable sonrisa antes de dirigirme su limpia mirada. Encendí la grabadora de mi bolsillo sin que se percatara y me dijo:

Menudos cacharros tan pesados, ruidosos y malcarados para volar… ¿no cree? Al cielo hay que subir de una manera más silenciosa y elegante, con dignidad y respeto; con pureza. Pero permítame que me presente, mi nombre es Blinky Rotred, ¿y el suyo?

Ernst Loos, encantado. Y sí, estoy de acuerdo con usted, el ruido de estos aviones es demasiado antinatural —le contesté con empatía.

Usted lo ha dicho, ¿acaso un pájaro hace tanto ruido para volar? Todavía tenemos mucho que aprender y desaprender. La elevación conlleva desprenderse de todo lo innecesario, y no al contrario. Pero el ser humano prefiere ir en contra de la naturaleza y forzarla para controlarla, en vez de fluir con ella. ¡Todo esto es mucho más sencillo, hombre! Pero claro, nuestra pequeña nuez parlanchina, siempre se resiste a creerlo. ¡Qué manera de complicarnos toda la vida! El vuelo es una elevación en todos los sentidos, y cuando el hombre consiga tomar conciencia de esto, dejará de construir todos estos burdos aparatos. Me gustaría contarle algo que podría ilustrar de algún modo lo que quiero decir, pero no quiero entretenerle…

Por favor, no se preocupe, mi vuelo no sale hasta dentro de hora y media, y estoy encantado con usted. Le ruego que continúe…

De acuerdo. Le contaré que lo que me impulsó a desarrollar mi sueño, además de algunos capítulos narrados por mi admirado Marco Polo, en su Libro de las Maravillas del Mundo: fue el encuentro con I Ming, el pequeño amarillo. Un niño muy especial que cambió de algún modo mi vida.

Yo solía pasear por una costa del casi siempre enfurecido Mar Rojo, para reflexionar sobre mis proyectos de vuelo en cometa.

Siempre dejaba que el enérgico viento jugara con mis ideas, pues éste, aparte de masajear mi cuerpo y despeinar mi pelo, también zarandeaba mis pensamientos con fuerza llevándolos y trayéndolos a su antojo.

Aquella tarde se divisaban dos cúmulos nimbos descargando su energía en forma de tormenta.

La luz rasante del atardecer bañaba parte de sus voluptuosas formas, generando claroscuros filtrados por colores vibrantes. Algunos rayos cruzaban el algodón de la lobreguez y caían sobre el horizonte configurando una escena sublime.

Él apareció marcando su menuda silueta sobre la duna del Este.

Llevaba una preciosa y colorista indumentaria oriental que servía de contrapunto a la fría escena imperante que tenía tras él.

Venía riendo, y apenas se intuían sus ojos rasgados en su pequeña y redonda cara amarilla. Parecía un pequeño Buda.

El viento levantó con fuerza una espectacular cometa que descubrí era suya.

Era el artefacto volador más bello que había visto jamás; por su sencillez estructural y por su compleja y sutil ornamentación.

Tenía forma rectangular, y dos simples varillas en los lados superior e inferior hacían de soporte. Estaba confeccionada con unas telas y bordados brillantes, que diseñaban una simétrica composición con lo que parecían fragmentos de un dragón. De los laterales superiores salían telas libres a modo de alas, y de la parte inferior colgaban largas cintas de varios colores simulando una cola que equilibraba su vuelo.

Sólo un maestro artesano de otro tiempo podría haber hecho algo así.

Más tarde, me comentó que fue su abuelo bicentenario Lu I Ming el autor de tan extraordinaria obra, y que a la edad de dos años le enseñó a volarla.

Lo maravilloso acaecía entre el niño y ese asombroso objeto.

Y es que la cuerda de la cometa no era otra que la continuación del hilo dorado del bordado de su chaqueta oriental. Era tal su facilidad para volarla, que tuve que preguntarle cuál era su secreto.

El pequeño amarillo me explicó que su abuelo le enseñó el arte para que la cometa acabara siendo una prolongación suya, mas era su pensamiento guiado por su espíritu el que la controlaba. He oído decir que en más de una ocasión, se le ha visto volar su cometa sin viento.

En Vietnam conocí a una joven a la que llamaban “Elephant´s Baby”. En la aldea en la cual pasé la mayor parte del tiempo con mi equipo, se la consideraba una heroína. Libró a varias familias de lo aprietos provocados por el ejército americano, con tan sólo la ayuda de su elefante.

Yim Sue, ése era su nombre, ya era toda una mujer; sabía leer y hablaba perfectamente inglés. Entablamos conversaciones de todo tipo, menos de la guerra. Busqué mantener una ilusión constante en sus contagiosas carcajadas, y así lo hicimos. Pero me contó una historia en concreto que no pude evitar recopilar:

Todas las noches de verano, mi elefante Big y yo nos tendíamos sobre la tierra de aquella inmensa llanura. Tardábamos cerca de una hora en cruzar los montes para llegar a ella, y unos diez minutos más para situarnos en lo que calculamos era su centro, nuestro sitio preferido. Lo teníamos marcado con una gran cruz o equis, hecha de piedras sobre el suelo. Y dadas sus “descomunales dimensiones” (o eso nos parecía, ya que éramos unos mequetrefes), creíamos que sólo desde el cielo podría apreciarse adecuadamente.

Aquel lugar era nuestro observatorio.

Nuestro lugar de encuentro con lo eterno y lo grandioso.

Nos tirábamos horas en vela, quizá hipnotizados, observando las estrellas.

Intuíamos en silencio su increíble poder e influencia.

Creo que lo que hacíamos era una forma de meditar.

Pues bien, el caso es que aquella noche algo nos tenía muy extrañados. Era la primera vez que el cielo no mostraba ninguna de sus estrellas. Tampoco divisamos ninguna nube ni nada que pudiera ocultarlas.

Era una noche muy oscura, pero aun así, continuamos ahí tumbados, disfrutando de la nada.

Big llegó a dormirse.

Mientras, yo continuaba preguntándome qué estaría pasando arriba para que ninguna de sus estrellas diera su luz.

Al rato, con el primer ronquido de Big, se levantó una fría brisa, y con ella, el sonido lejano de un extraño motor, que poco a poco se acercaba…

El ruido despertó a Big, que inquieto me preguntaba con la mirada.

No sabíamos de dónde procedía ni por dónde se acercaba. Pero el caso es que cada vez lo teníamos más y más cerca.

La brisa se tornó en viento.

Mi gorro salió por los aires ocultándose, absorbido por la negrura.

Quizá no lo creerá, pero con el viento, una avioneta amarilla apareció sobre nosotros; cruzó la oscuridad y dejó tras de si todas las estrellas que faltaban aquella noche.

Aquel día, Viena despertó con un gran nubarrón gris en su techo. Compré el periódico para revisar mi artículo y leer el de alguno de mis compañeros. Cuando me dispuse a cruzar la calle para ir a la cafetería a desayunar, un hombre me llamó poderosamente la atención. Estaba apoyado en una esquina, reconociendo su alrededor, con una expresión de plena confortabilidad. Vestía una indumentaria elegante pero informal, y el caso es que conocía a ese hombre, pero no conseguía ubicarlo. Hasta que caí en la cuenta, ¡no podía creerlo, era Herman, el mendigo que estuvo durante años en aquella misma esquina, y del cual no se sabía nada desde hacía un año! Me quedé atónito durante unos segundos... ¡estaba tan cambiado! Me costó terminar de creerlo hasta que decidí acercarme para cerciorarme. Cuando me miró resolví mis dudas. Sin palabras, nos quedamos paralizados por una emoción mientras nos sonreíamos mutuamente. La historia que relató cambió mi mente. Hace ya cerca de quince años de esto, y todavía hoy sigo aprendiendo de ella:

Traía consigo una montaña blanca sobre cinco ruedas. Nevada, muy alta. Con nubes y pájaros de tres o cuatro especies.

Con un cordel dorado, la movía con facilidad.

Él era un hombre grande y fuerte, de barbas a lo montañés. Tenía la piel curtida por el sol y sus ojos verdes eran algo pequeños, pero muy luminosos.

Vestía un abrigo largo aterciopelado, estampado con ornamentos vegetales en distintos tonos de blanco, rematado con detalles de color.

Con una mirada me invitó a subir, y con una sonrisa impulsó mi avidez de comenzar su escalada. Me entregó su bufanda y emprendí la marcha.

En el primer tramo decidí seguir un riachuelo que abrazaba unas duras rocas plateadas y reflejos rojizos. A veces cerraba los ojos y me dejaba guiar por su sonido. Otras, optaba por descalzarme y subir con los pies bajo el agua.

No tenía ninguna prisa, ningún motivo para inquietarme. Me sumergí en una emoción donde no existía el tiempo, o quizá dejó de importarme.

Disfrutaba cada una de las dificultades. Los duros y fríos peñascos eran retos que, al superarlos, agrandaban mi respiración.

Mi labor era subir, seguir ascendiendo, sin importarme nada más.

En un pequeño valle tomé el sol, rodeado de flores inverosímiles que desprendían una dulce fragancia difícil de describir.

Bajo la sombra de un árbol centenario descansé, y gocé de las vistas que me brindaba la altura en la que me encontraba.

Seguidamente continué escalando rocas cada vez más frías. Algunas ya nevadas.

Subía y subía. Crecía. No pensaba. Simplemente sentía, y continuaba subiendo.

Las manos me dolían, al tiempo que se fortalecían. Mi cuerpo se adaptaba al clima, una metamorfosis algo incontrolada se producía en mí según superaba los niveles.

Mis manos, mis brazos y piernas; mis pulmones. Todo cambiaba sutil y poderosamente.

El frío viento cortante esculpía en mi cara una profunda sonrisa.

Y mi corazón ardía junto a las rocas de hielo.

Caí en la cuenta de que mi pretensión de llegar a la cima ya no existía. Y eso mismo fue lo que quizá me hizo llegar a ella.

Sentí que con mis actos, simplemente, había hecho visible un gran dibujo que previamente estaba acabado.

 

 

 

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