La pintura bajo La Luna

 Texto para el catálogo BERLINER, La expresión y la forma. De Miguel Barnés. Editado por el Centro Cultura de Caja Castilla la Mancha. Albacete 2009

 

 LA PINTURA BAJO LA LUNA (Y el son de las ranas).

 

Aquella luna derramaba una tupida luz azulada sobre la coronilla caliente del joven Sergeth. Caliente por una lluvia acelerada de asociaciones e ideas, que se expandían en su cocorota como una sonda, tras la última inolvidable visita al nuevo estudio del maestro.

El sonido de sus pasos delataba la textura del suelo, si bien la enorme luna hacía visible el paisaje donde se encontraba. Aquella luz azulada le traía a la mente películas donde las escenas nocturnas están rodadas a plena luz del día, y posteriormente viran a un tono similar al que ahora presenciaba.

Bajo la monumental luna volvió a visualizar los últimos cuadros del maestro. Pensó que no sólo habían transformado la percepción de aquel viejo castillo (ahora nuevo estudio) que los albergaba, sino que convertían el pasado del enigmático espacio en un atanor en pleno proceso.

El maestro compró el viejo castillo templario aprovechando una oportunidad, ciertamente inverosímil, recién llegado de Burkina Faso. Y más allá de profanar su pasado, el nuevo inquilino expansivo en materiales y telas, sumó una nueva piel de historia que los dotaba de un prestigio mutuo.

Sergeth disipaba algunas dudas en sus reflexiones nocturnas tras la visita. En este caso, no sólo la luna lo acompañaba en la solitaria y sazonada noche, sino que también resolvían la velada una inmejorable banda sonora que algunas ranas y grillos le brindaban.

Él, que siempre se postuló militante de una nueva figuración revolucionaria para la llegada del nuevo paradigma, comprendió verdaderamente la labor de su maestro.

El eco resonante de aquellas pinturas destilaba su verdadera esencia.

Superada la etapa del aprendizaje y la rebelión posterior, llegó la esperada y no siempre conseguida fase de una reconciliación hacia la obra del maestro; una etapa de respeto profundo, madurez, humildad y empatía.

Se sentía conmocionado al ir descubriendo la verdad de aquel sincero y esmerado trabajo.

El viejo castillo; el nuevo estudio; su silencio; su latente historia; el eco que sus muros producían a las calmadas y todavía entusiasmadas palabras del maestro convirtieron la visita de aquella calurosa tarde en algo maravilloso: en un portal hacia el “otro lado”.

Recordó algunas palabras del maestro: -“…cuando me instalé en éste viejo castillo, su rotundidad me dejó prácticamente inmovilizado durante casi dos meses. El silencio y la quietud me filtraron una sutil y contundente información que todavía no puedo explicar con palabras…pero sí puedo mostrarte en estas imágenes que ahora nos rodean…”

 

Las ranas y los grillos interpretaban un avivado enfrentamiento operístico que simbolizaban postulados en la mente del joven artista: abstracción-figuración, antiguo-contemporáneo... Quién sabe. Aquellas imágenes de los últimos años de su producción eran todo aquello y mucho más. Sergeth, mientras alzaba la mirada hacia la rotunda luna, pensó que el trabajo de su viejo maestro era un ejemplo más de la esencia misma de lo que había entendido como arte, y de lo que todavía no ha llegado a comprenderse del todo. Y pensó que así tendría que seguir siendo, pues el verdadero arte debería tener un ingrediente sostenido en el terreno de lo inexplicable, de la experiencia extra-sensorial, de lo no concreto ni mental. De la más pura abstracción emocional.

 

Todas las pretensiones y ambiciones del artista se fundían con la humildad del artesano. El maestro pues, resolvía con ejemplar elegancia la figura del pintor y su oficio. Las pinturas de Altamira y la más radiante consciencia contemporánea se unían en aquellas enigmáticas y evocadoras imágenes que el maestro había canalizado.

 

-“…pienso tener este castillo como centro de operaciones durante muchos años, pero sigo planeando con entusiasmo futuros viajes…ya sabes, mi espíritu nómada no me deja tranquilo. Iré unos meses a Alemania. Quiero ver de cerca los trabajos de la llamada “nueva escuela de Leipzig , conocer trabajos de los jóvenes alemanes que ahora toman el relevo. Albert Oehlen me ha invitado a pasar unos días en su estudio, me quiere presentar a Jonathan Meese, con quien tiene trabajos en común, y a Daniel Richter. También aprovecharé el viaje para ver una exposición en el Hamburger Kunsthalle, dedicada a influencia que Max Klinger dejó tras de sí... Por lo que he leído, esta exposición me resultará imprescindible, al igual que a tí, supongo. Deberías viajar conmigo de nuevo, mi querido Sergeth” -pronunció sonriente el maestro con un brillo en sus ojos.

 

Sergeth entendió que no existía el tiempo en las obras de su maestro.

Entendió que en aquellas pinturas uno podía columpiarse por la misma existencia cosmológica. Presenciar la gestación de una rana o ser testigo del nacimiento mismo del universo.

Volumetrías numeradas, campos de luz en expansión continua, anillos profundos al alma del mundo; dáimones de la ciencia, lugares secretos donde silencio y ruido se confunden. Violencia, calma, amor y psique. Figura y fondo. Luz y tinieblas.

Las ranas avisaban que sus pies se acercaban a una charca. Tras los altos juncos pudo ver la luna reflejada en el agua.

La noche era clara y fría. Su cabeza, más caliente. Le entraron ganas de gritar. También de pintar y fundirse de nuevo con su trabajo. Se sentía rotundamente emocionado. Vibrante.

Recordó los cuadros pequeños que se amontonaban en la gran escalera central. Funcionaban como una suerte de puertas rotas. El maestro hacía guiños a la historia del engaño; a Zeuxis, e incluso a las incisiones de Fontana, pues dislocaba aquellas sinuosas formas características en su trabajo, con intencionados golpes de efecto que resolvían espléndidos trampantojos, los cuales simulaban algunos lienzos rotos.

Y así, de nuevo, las idas y vueltas vertiginosas. De nuevo el ojo y el engaño; la representación; la necesaria ilusión. Sergeth sintió la imposibilidad de escapar al interminable juego una vez que conoces sus reglas. Todo es proyección, y más el arte mismo. La sombra de Platón es larga y deambula tras las apariencias. Por un instante, todo le daba vueltas.

Metió los pies en la charca y sintió el agua helada filtrándose en sus viejas botas.

Inevitablemente, le vino a la mente la primera imagen que guardaba de su maestro: aquella radiante figura de pies descalzos sobre dos grandes cubos de pintura. Salvaje; valiente; en plena ejecución de una de sus ya míticas performances. En aquel pueblo manchego, donde ese tipo de cosas, resultaban totalmente inverosímiles.

Algunas ranas callaron por un instante dejando paso a los grillos del fondo. Intentó divisar las montañas nevadas y, de nuevo, las ranas croaron al son.

 

José Luís Serzo

Madrid, enero 2009

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